EL CARGO NO DA AUTORIDAD
Sorprende a diario, en la vida política y social, ver como algunos/as estúpidos/as confunden el cargo con la autoridad, pretendiendo hacer creer que ostentar un cargo -por el que cobran del erario público para servir al pueblo o de una entidad privada para realizar una función- les da atribuciones para imponer una autoridad que no tienen. Genera hilaridad ver a quien nunca trabajó ni se sometió a la disciplina del régimen laboral legislar sobre trabajo y adoctrinar sobre política laboral. No es menos hilarante ver a quien olvidó lo que es un estetoscopio predicar sobre medicina, distribuir presupuestos caprichosamente a los amigos de armas, y hundir en charcas de analfabetismo científico la bandera de la salud de un país. Lo mismo -y no menos grave- es ver a abanderados de la justicia predicar cotidianamente con el nepotismo sectario de las medias verdades, prisioneros del interés político o como cortina de humo para ocultar delitos. El culmen de la inmoralidad lo marca quien, habiendo sido elegido para ejemplarizar, para regenerar las ramas (o las raíces) de una democracia enmohecida por la corrupción, cultivar en el seno de su propio hogar la deshonestidad, el tráfico de influencias, la violación del honor y el uso de la mentira por sistema, convirtiendo al vecindario ibérico en el mayor lupanar político de toda la tribu.
Moralidad aparte, en el fondo de este pozo de mierda hay un fango cultural amasado por la historia de todos los partidos y removido cotidianamente por las manos sucias de cierto capital, de cierto tejido empresarial, de cierta banca, de cierto movimiento cultural, de cierto adormecido acervo académico, de cierto periodismo venéreamente enfermo, y de cierto tejido popular acrítico -o excesivamente aullante en redes- cuyos intereses sectarios están por encima del bien común.
Detrás de este escenario de decadencia progresiva hay un mal de inmadurez social y una no menos enfermiza embriaguez zótica. El orgullo de la incultura, nacido de una educación canija, hace que todo sea opinable, debatible y cuestionable en cualquier entorno indocumentado; hace que quien llega al cargo -por compasión, misericordia, endeudamiento de favores, fetichismo ideológico, incapacidad para hacer otra cosa- acabe creyéndose que el cargo le da autoridad para hablar de lo que no sabe o para ejercer fórmulas de gobierno sobre las que no tiene idea ni las busca.
Todos estos tísicos mentales ignoran que la ostentación del cargo no les otorga autoridad. La autoridad se consigue a través del conocimiento, el compromiso y el respeto, justo todo de lo que carecen estos gulliverianos (glotones) del poder y eunucos de cualquier sapiencia androgénica.
Para los más limitados, quizá convenga aclarar que la frase “el cargo no da autoridad” -que hoy simula este ejercicio epistolar condenado a la nada- encierra una crítica profunda al modo en que se entiende el poder en la vida política, social y empresarial. Supone que la autoridad verdadera no deriva automáticamente del nombramiento, del título ni del rango jerárquico, sino de la competencia, la preparación, el conocimiento, la ética y la legitimidad moral de quien lo ejerce.
Existen claras diferencias entre poder formal y autoridad real. El cargo concede poder formal: acceso a recursos, decisiones, normas y un marco legal que lo respalda. Pero la autoridad es un reconocimiento social que solo se obtiene a través del respeto, la competencia y la ejemplaridad. Un dirigente que ocupa un puesto sin la debida formación puede tener poder, pero no tendrá autoridad moral ni técnica frente a sus subordinados o ciudadanos.
La autoridad se conquista, no se impone. Quien accede a un cargo sin méritos, conocimientos ni capacidad, podrá imponer decisiones, pero difícilmente logrará que sus actos sean aceptados como justos o eficientes. La autoridad genuina se gana mostrando prudencia, sabiduría, capacidad de gestión y justicia. Un título, por sí solo, no otorga esas cualidades.
Todo esto tiene sus implicaciones en política, empresa y sociedad. En política, ocupar un ministerio no convierte automáticamente a alguien en estadista. La falta de visión y preparación genera políticas erráticas que perjudican al pueblo. En la empresa, un directivo sin conocimientos técnicos ni habilidades de gestión puede destruir equipos de trabajo y llevar a la quiebra a la organización. En la vida social, los líderes comunitarios sin sensibilidad ni formación pierden legitimidad ante aquellos a quienes deberían servir.
La justicia y el mérito son la base de la autoridad. La justicia en las decisiones y el mérito en la trayectoria son los elementos que legitiman al dirigente. Si el cargo se obtiene por favoritismo, nepotismo o azar, la falta de preparación se traducirá en ineficacia y en pérdida de confianza.
El cargo es apenas una etiqueta administrativa o jerárquica. La autoridad auténtica nace de la preparación, el conocimiento, la experiencia, la ética y la capacidad de inspirar confianza. Así, quien ocupa un cargo sin reunir esas condiciones podrá ejercer poder, pero no ejercerá autoridad.
En estilo aforístico, multitud de voces autorizadas -algunas incluso cargadas de autoridad moral- refuerzan la idea de que el cargo no da autoridad. Confucio (551–479 a.C.) decía: “El hombre superior es modesto en el hablar, pero sobresale en el obrar.” El filósofo chino anticipa la distinción entre título y virtud: no es la posición lo que otorga autoridad, sino la coherencia entre palabra y acción.
Platón comenta en La República (375 a.C.): “El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres.” Con ello denuncia que los cargos pueden ser ocupados por quienes carecen de la preparación necesaria, y que la autoridad legítima solo corresponde a quienes poseen conocimiento y virtud. El cambio progresivo en las estructuras del poder es síntoma de salud democrática, pero la novedad puede conducir a engaño. Ya Eurípides insinuaba en Andromache (426 a.C.) que “las caras nuevas tienen más autoridad que las habituales”. En Ion (408 a.C.), el mismo Eurípides señalaba que “la autoridad nunca está exenta de odio”, en referencia a que la autoridad no puede satisfacer a todos. Sin embargo, “la autoridad legal y establecida rara vez se resiste cuando se emplea bien”, sostiene Samuel Johnson en The Rambler (1750).
Séneca es estoicamente claro en De Vita Beata (58 d.C.): “El cargo no adorna al hombre, sino el hombre al cargo.” El filósofo señala que la verdadera autoridad depende del carácter y la virtud personal, no del título que se ostenta. A ello, Robert Lindner incorpora en Must You Conform? la sentencia: “La autoridad tiene todas las razones para temer al escéptico, pues rara vez puede sobrevivir frente a la duda”.
Thomas Carlyle, en On Heroes (1841), diferencia el poder impuesto del respeto voluntario: la autoridad genuina se basa en el reconocimiento libre, no en la imposición jerárquica: “Ningún hombre tiene poder real sino aquel que es obedecido con el corazón”. Pero la obediencia nunca debe ser servil ni ciega. A veces, el hombre cae en la trampa de la comodidad para huir de la responsabilidad que otorga la libertad.
En A Preface to Morals (1929), Walter Lippman advierte: “La mayoría de los hombres, después de un poco de libertad, han preferido la autoridad con la seguridad consoladora y la economía de esfuerzo que conlleva”.
En una Conferencia en Princeton, en 1931, Albert Einstein recordaba que la autoridad proviene de la ejemplaridad, no del cargo. Un puesto sin conducta inspiradora no genera respeto verdadero: “El ejemplo no es lo principal para influir en los demás; es lo único.”
La autoridad verdadera no es parcelaria, aunque la costumbre establezca compartimentos en los cuales se puede ser genio en unos y desastre en otros. En sus Máximas (1815), Napoleón afirma que “las personas que son dueñas de su propia casa nunca son tiranas”.
En The Practice of Management (1954), el gran pensador en gestión empresarial Peter Drucker subraya que el puesto jerárquico no es fuente de autoridad, sino una carga que solo adquiere legitimidad si se ejerce con competencia y responsabilidad: “El rango no confiere privilegios ni poder, impone responsabilidades.”
En The 21 Irrefutable Laws of Leadership (1998), John C. Maxwell resume la esencia: el cargo abre puertas formales, pero la autoridad nace únicamente del reconocimiento ganado: “El puesto te da poder, pero el respeto te da autoridad.”
Todos coinciden en un mismo eje: la autoridad no se decreta ni se otorga con un nombramiento; se construye con conocimiento, virtud, mérito y ejemplo.