Stultia Mentis

LA NOVEDAD es siempre una amenaza para los ignorantes y un escudo para los oportunistas. Cuando Neil Amstrong, comandante del módulo lunar Apolo 11, pisó la luna por primera vez el 20 de julio de 1969 se levantaron de sus tumbas los paletos de la tierra afirmando que aquello era un montaje televisivo de los americanos. Actualmente, con la difusión del conocimiento sobre el genoma humano y los esfuerzos de la ciencia por aproximar la genómica al saber popular, al diagnóstico molecular y a la medicina personalizada, basada en principios de farmacogenética individual, se está produciendo un levantamiento de necios en ciertos sectores médicos que, por actitud acomodaticia, incapacidad reflexiva para reconocer sus limitaciones o simple irresponsabilidad profesional, prefieren negar la evidencia y confundir a sus pacientes con el histrionismo clásico de que “eso de la genómica son cosas muy nuevas que todavía no se han demostrado científicamente”.

Stultia Mentis: editorial Ramón Cacabelos
En una sociedad que quiere ser madura y culta, este tipo de conducta está fuera de lugar y es un atentado deontológico. Cuando ya la genética se ha convertido en moneda de cambio común en los juzgados, en la investigación policial, en los peritajes forenses, en los protocolos de identificación humana, en el apoyo diagnóstico a las enfermedades complejas y en la optimización de escasos recursos terapéuticos en algunas enfermedades, hasta hace poco incurables e intratables, no tiene sentido la manifestación de actitudes reaccionarias en el sistema público de salud, independientemente del color gubernamental.

Los colegios de médicos y la organización médica colegial tienen la obligación de incorporar en sus programas de formación continuada elementos nuevos de conocimiento, más allá de redundar en perífrasis de procedimientos convencionales. Y en este contexto, la genómica aplicada todavía brilla por su ausencia. Más grave todavía es la pobreza de contenidos genómicos en los programas curriculares de las facultades de medicina. Para que algo se implante hay que educar, concienciar y protocolizar. El consenso es siempre ulterior, como resultado de una amplia experiencia previa. Y en un país de prolíficos minifundios intelectuales, cultivados en tierras de intereses encontrados, no es fácil lograr consensos. Si en el ánimo de los educadores de la salud y de los diseñadores de curricula académicos estuviese conseguir que la genómica médica empezase a complementar a la genética mendeliana de toda la vida, habría que empezar a implantar protocolos de actuación e instrucción selectiva, para que la praxis -y no la reflexión filosófica y ética- trazase el cauce al río del conocimiento.

Ramón Cacabelos opinión medicina genómica
Igualmente negligente es la actitud de vampirización que algunos monaguillos del sistema, lanzados al ejercicio propagandístico de sus progenitores políticos (como buenos becerrillos aprendices de las viejas vacas sagradas), pretenden hacer de la genómica, preconizando que los laboratorios de genética deben ser patrimonio del sistema público de salud. Tan injusta y perversa es la posición de los que desde el sector privado intentan patentar genes (que son propiedad de nuestra especie; no así los procedimientos de identificación) como las pretensiones estalinistas de los que, jugando a ser defensores de lo público, usan lo que es de todos en favor de sus propios intereses. Estos gusanillos del oportunismo no tienen nada que envidiar políticamente a Benito Amilcare Andrea Mussolini o a Adolf Hitler, erigiéndose en defensores de una patria en la que no creen, salvo cuando la patria significa poder oligárquico o ejercicio de autarquía política amparado en consignas de partido o camaleonismo ideológico.

Es hora de que los fundamentalismos de ambos extremos, intelectualmente acrocéntricos, se enteren de que el uso de la genética en medicina es un ejercicio de libertad individual que está por encima de erráticas políticas de estado y caprichos megalómanos. Es tiempo de aprender a respetar el progreso científico y la libertad de los ciudadanos.

Los nuevos aprendices de chamán, los acostumbrados a crear realidades imaginarias en la penumbra de los despachos, y los arquitectos de galerías subterráneas deben enterarse de que a lo largo de la historia todos los grandes estrategas de gloriosas campañas bélicas aconsejan no ir a la guerra si no tienes posibilidad de ganar. Los tambores de guerra contra el conocimiento y la libertad serán irremediablemente silenciados por los himnos de la razón y las trompetas de la sensatez.