Reforma Sanitaria

No sé si “Reforma” es la palabra adecuada. Puede que ni Lutero hoy le hubiera puesto ese nombre a su revuelta religiosa. Para unos, reforma suena a “cisma”; para otros, equivale a “parche”. Lo cierto es que el cambio es irremediable, por mucho que algunos se empeñen en escabullir el bulto o en minimizar lo que constata la realidad cotidiana en términos de desencanto en servidores y servidos, o en términos de regresión de los niveles de eficacia del sistema sanitario (deudas y quiebra técnica, aparte).

opinión reforma sanitaria Ramón Cacabelos

Después del resplandor de los relámpagos y el estrépito de los truenos que acompañan a las llamadas reformas laborales, fiscales, de pensiones y recortes salariales, es imprescindible reinventar el modelo sanitario del siglo XXI. El derecho a la salud y al bienestar son logros irrenunciables de cualquier sociedad desarrollada; pero si cambia el modelo social, si se invierte la estructura piramidal de la población, si emergen nuevos fenómenos migratorios, y se desintegra el modelo económico vigente, es lógico pensar que urge anticiparse a la debacle venidera si no se afronta con valentía un reordenamiento moderno y futurista del modelo sanitario actual. La tarea no es fácil porque en este partido hay muchos jugadores, muchos intereses, mucho miedo y mucho dinero en juego; pero, por encima de todo eso debería ponerse el interés de la sociedad que paga y mantiene al sistema. El problema va mucho más allá de la reducción del tiempo de las listas de espera o el abaratamiento del coste de los medicamentos. El sistema necesita un revolcón integral. El frondoso árbol de la sanidad –pública y privada-, en estado crítico por la sequía de ideas y recursos, requiere atención desde la raíz hasta las hojas. En la raíz está la educación de todo el personal sanitario, la actualización del curriculum académico y científico en la universidad (Reforma Educativa y Universitaria pendientes, que no se resuelve con el Plan Bolonia), un serio replanteamiento de la política de especialización y formación de profesionales (el sistema actual no permite a los médicos ser lo que quieren ser sino lo que su baremo MIR les permite elegir), coordinación (y no lucha de competencias) entre facultades de medicina y hospitales, desmantelamiento de la endogamia y la meritocracia pueblerina reinante, homogeneización de criterios profesionales para baremar calidad y competencia sin desigualdades territoriales (no puede valer más un curso de gallego, euskera o catalán que una tesis doctoral), y la corrección de una amplia serie de aberraciones políticas y académicas que degradan y envilecen al sistema. Si la educación es fundamental, la accesibilidad a una carrera profesional basada en la calidad, en el mérito personal y en el premio a los mejores, es una necesidad de justicia para motivar e incentivar a los profesionales de la salud. Si las personas son lo más importante dentro del sistema para servir eficazmente a la población, no se puede perimitir el inmovilismo en la cúpula de servicios y departamentos, ni la falta de productividad científica, ni el ejercicio mafioso de lobbies de poder hegemónico (y pedigree), que obstaculizan el progreso, la innovación y el recambio de personal y estrategias cuando las necesidades lo requieren. Si nuestro sistema fuese creativo y diese libertad y apoyo a las iniciativas de muchos de los excelentes profesionales que trabajan en él, nos sacudiríamos el yugo de la dependencia tecnológica que hoy nos atenaza, reduciríamos costes productivos y mejoraríamos nuestra competitividad y nuestro nivel de eficacia.
Tiene que cambiar el modelo de relación médico-enfermo. El paciente no puede ser un número, atendido por un médico distinto en cada visita. Tenemos que personalizar nuestra medicina empezando por asumir que cada médico debe ser responsable de sus enfermos, y los pacientes deben tener la libertad real de elegir a sus médicos sin trabas ni obstáculos burocráticos. Ello beneficiaría la asistencia y el nivel de satisfacción del usuario de los servicios de salud. Si la salud es un bien de consumo que pagamos todos, la compra de un artículo determinado es decisión del comprador, no imposición del vendedor-dependiente, como ocurre ahora con todo descaro.

Sanidad Ramón Cacabelos

El médico tiene que modificar su relación con la industria farmacéutica. Industria y médicos se necesitan mutuamente; la industria necesita del médico prescriptor para subsistir; y el médico necesita a la industria para disponer de armas terapéuticas con las que combatir la enfermedad y proteger a sus enfermos. Pero esta relación está viciada, podrida de conflictos de interés que degradan y corrompen al médico y a la industria. El precio actual de muchos medicamentos es obscenamente abusivo. La fórmula para reducir el coste de los medicamentos pasa por: acortar los tiempos de burocracia de desarrollo (FDA, EMEA, Agencias Nacionales), optimizar los procesos de I+D (cuanto más cortos, más baratos y menos gravámenes), personalizar los tratamientos (implementación de protocolos de farmacogenética), controlar las políticas prescriptivas (relación coste-beneficio), y evitar abusos y fraude en el consumo. La implementación de esta estrategia podría suponer una reducción del 30% en el coste farmacéutico global (desde el desarrollo de un producto hasta su consumo final). De lo contrario, la carestía de productos y servicios sanitarios irremediablemente nos aboca al copago y a la restricción selectiva de prestaciones.
La obligatoriedad de un seguro médico para todo ciudadano es una cuestión ineludible; pero el derecho a la gratuidad de servicios no tiene por qué ser universal, ni puede ser igual para quien ha cotizado toda su vida a la seguridad social (y ha mantenido al sistema), que para el transeúnte, para quien recién se incorpora voluntariamente o para quien no tiene recursos (sin confundir misericordia, beneficencia y justicia).
El cambio también debe afectar a las compañías de seguros privados, acostumbradas a recaudar sin compromiso por la salud de sus asegurados. Habría que plantearse la realización de un análisis riguroso de la compatibilidad o incompatibilidad entre lo público y lo privado, para evitar fraudes y conflictos de interés. Ni el sistema público ni las compañías privadas pueden obligar al usuario a un protocolo cutre de servicios, que limita la libertad profesional del médico y merma la atención al cliente. La libertad de elección de facultativo debe ser una condición innegociable entre los derechos del usuario (sin trampas ni obstáculos).
La tarea de mejorar nuestro modelo asistencial y optimizar nuestros estándares de salud requiere un profundo cambio de mentalidad y sacrificio de todos. Políticos, proveedores de servicios, industria farmacéutica, compañías de seguros, médicos, farmacéuticos, personal sanitario y usuarios debemos tomar conciencia de que el cambio es una clave de futuro. Tras el inmovilismo está el abismo y la polilla del sistema. Lo responsable es actuar y prevenir la debacle, sin esperar a que se nos caiga el andamio encima.