Pepinos, parásitos e intoxicaciones

Cuando las relaciones humanas están mediatizadas por la perversión política y los conflictos de interés, se envilece la convivencia, surge la desconfianza y se degradan los valores. El debilitamiento moral de una sociedad la hace más vulnerable a los ataques de oportunistas, chantajistas y depredadores sociales. La falta de liderazgo hace el resto: aumentan los complejos, se acentúan las sensaciones de persecución paranoide, se polariza la atención en la autodefensa, se relaja el principio de autoridad, y se busca el enemigo fuera para justificar las desgracias internas. Todas estas circunstancias hacen que el conglomerado de parcelas que constituyen nuestra sociedad se vaya resquebrajando gradualmente, con el consecuente incremento de la desconfianza, la inseguridad, y la quiebra de una voluntad de crecimiento.

Ramón Cacabelos situación política
La gaseosa de los despropósitos políticos, agitada por la crisis económica, está a presión. La histórica hipocresía de nuestros líderes, acostumbrados a ocultar la podredumbre de su deficiente gestión (y moral) debajo de la alfombra, ya no resiste por más tiempo el silencio cómplice de los adláteres de la España azul y la España roja, los que siempre sacan tajada según el color de la camiseta que gobierne. Por fin se empieza a hablar del despropósito de las autonomías y del fracaso colectivo de la política autonómica. Todo el mundo lo sabía (aunque muchos prefirieron negar la evidencia), pero nadie se atrevía a manifestar la inviabilidad del actual sistema de salud. Ya saltó la liebre de la alarma sanitaria; ya se abrió la caja de Pandora, el tarro de las esencias de nuestros grandes fracasos históricos: un marco laboral mutilado, un sistema financiero momificado, una política autonómica ruinosa, un sistema sanitario deficiente y económicamente insostenible, un modelo educativo no competitivo, un sistema judicial viciado y dependiente del bipartidismo reinante, y un aparato pseudodemocrático subsidiado.
¿Qué más necesitamos para despertar de nuestra prolongada siesta de autocomplacencia? La irresponsabilidad de la casta dirigente es tal que no se conforman con fracasar ellos, sino que en la caída quieren ir acompañados por la sociedad que les otorgó su confianza. Cuanto más hundida está una sociedad, menos vale (piensan lo mismo los tiburones con las empresas; primero las hunden y luego las redimen con una compra de calderilla). No es momento para dejarse embaucar por cantos de sirena ni por promesas redentoristas de brujos de salón, de los que se rasgan las vestiduras culpando a los anteriores; porque son los mismos; sólo han cambiado la camiseta. Son los que han alimentado al monstruo autonómico, los que han inflado a la gran vaca del estado para ordeñarle una leche artificial, los que han puesto en quiebra el sistema financiero, los que han creado un país de funcionarios, los que han mantenido un estado de beneficencia corrupta, los que han inventado las fundaciones públicas con objetivos sectarios, los que compran a la prensa, los que se rodean de asesores inútiles para que les sirvan de parachoques, los que han explotado abusivamente las Spin-Offs para ocultar su incapacidad empresarial y jugar a lo privado con dinero público, los que han utilizado las corporaciones financieras para favorecer a sus amigos, los que nunca han entendido el principio de equidad cuando están en el poder, los que han utilizado su posición de privilegio para crear el monstruo administrativo, burocrático y esperpéntico que tenemos que alimentar los ciudadanos. Son los mismos que se entretienen con la paja del ojo ajeno y no se preocupan de su ceguera; los que hurgan en la basura del vecino y viven en la mugre; los que van a misa de doce los domingos y crucifican a su adversario a la hora de comer; con la misma boca llena con la que rumian sus virtudes, salpican de calumnia y difamación a todo aquel que no comparte sus ideas. Son los que predican democracia y ejercen de caudillos; los que desde lo público se sirven de lo privado para sus intereses; los que otorgan concursos bajo manga y prometen perseguir las corruptelas del poder; los que usan distinta vara de medir dependiendo del inquilino, pero se cuelgan la etiqueta de inspectores de lo justo; los que han hundido las cajas de ahorros y ahora luchan por su resurrección para no ver debilitada su influencia y su nómina; los que evalúan los proyectos por el nombre de quien los presenta y no por la calidad de la propuesta; los que abanderan la pureza académica y viven permanentemente en la ciénaga del mercantilismo oportunista; son los mismos…en todas partes.

Artículo opinión Ramón Cacabelos

Una de las cosas buenas que tiene la globalización y el universo de las telecomunicaciones es que ya nadie puede escapar al ojo escrutador del curioso, del mercado o del depredador que sobrevuela el campo en busca de una presa fácil. Hoy, todo país, con sus virtudes y sus defectos, es analizado puntualmente por la red de intereses que le rodea. Hoy no se pueden tomar decisiones aleatorias basadas en la idiosincrasia o el capricho político del momento, cuando esas decisiones repercuten en las personas y en terceros. En esta gran aldea interactiva, las decisiones que tome cualquier autoridad, sea del campo político, judicial, académico, laboral, educativo o empresarial, tienen repercusiones y consecuencias. Todo entra en la gran pantalla analítica del ciberespacio; y pocas cosas se pueden ocultar en una sociedad avanzada. Con lo cual el precio del progreso empieza a afectar al bolsillo de la intimidad, la confabulación, las maniobras conspirativas, el nivel de conocimiento, y la propia talla moral. En este escaparate nudista resulta muy difícil al personaje público esconder sus vergüenzas; y ya la propia máquina judicial a nivel de estado (Islandia, Finlandia, Italia) o a nivel transnacional (La Haya) empieza a pedir cuentas a quienes han tenido responsabilidades civiles y han violado la confianza de las personas, o han abusado de ellas, o han sido tan inmorales que no han tenido la decencia de declararse incapaces.
La política se ha convertido en un distractor poblacional; amplificada por el eco mediático es una fuente de conflictividad social y un elemento de inestabilidad y desconfianza. España está exportando una imagen de división, fragmentación, insuficiencia, negligencia, vulnerabilidad económica, inadaptación educativa, fragilidad judicial, impotencia empresarial, anacronía laboral, endogamia académica, sectarismo regional e incapacidad cooperativa ante la adversidad de los tiempos, cuyas repercusiones son inimaginables para la bisoñez de los que se creen los reyes del mambo en los salones del poder. El coste del descrédito es mucho más alto que el de la deuda y tarda más en sufragarse.
Es normal que en este mundo de “pepinos”, los alemanes -los listos de la clase- cuando les surge un problema de salud pública le echen la culpa al tonto del pueblo (ese vecino del sur, ese desaliñado contaminante, ese indigente endeudado, ese cuya situación lamentable -liderada por inútiles, agentes del parasitismo europeo- es una supuesta fuente de infección exportable). Y no pasa nada. Ya no queda ni el orgullo de protestar frente a la injusticia o la acusación falsa. No se sabe utilizar el aparato del estado, sus instituciones académicas y científicas, para verificar la naturaleza de las acusaciones y hacer que aflore la verdad y se nos devuelva la dignidad vilipendiada en la prensa internacional (amén de las pérdidas económicas). Cada día nos demuestra cómo la insuficiencia intelectual no da tregua a la ineptitud. Estamos rebasando el límite de lo tolerable, por el bajo perfil de los de dentro y la desconsideración intencionada de los de fuera. Algunos debieran empezar a pensar que la sensación de asfixia puede acabar sobresaltando a la sociedad durmiente y enfureciendo a los pacíficos. Aunque estemos rodeados de “pepinos”, no todos vivimos intoxicados.