Consejos a un presidente

Algo grave está pasando en la sociedad, cuando para el común de los mortales sus dirigentes políticos se convierten en un problema prevalente. La corrupción, el descrédito, la mediocridad, la farsa continua, la escenografía de la confrontación, el maniqueísmo interesado, la judicialización de la vida pública, la falta de compromiso, la indolencia ante las necesidades de la población, la infestación mediática, la incapacidad para generar crecimiento y prosperidad, la pleitesía al poder oculto del dinero o el esperpento ideológico de los extremos, son elementos suficientes para que una sociedad informada interiorice el desencanto y surjan los apáticos convencidos, los anti-sistema, los indignados del movimiento 15-M, los parados por interés (una ofensa a los parados por obligación), los oportunistas, los especuladores, los voyeuristas políticos, los opinadores a sueldo y los redentores de la patria, todos carentes de atractivo para la sociedad civil.

En mis años de carrera en la Facultad de Medicina de la Universidad de Oviedo, con Franco moribundo y la predemocracia en germen, un ilustre amigo mío, Notario de Guipúzcoa, me dijo que “la política es el arte de la mentira”. A aquella generación ansiosa de libertad, sedienta de participación en la vida pública, nos costaba trabajo creer que aquello que perseguíamos, bajo el velo de una democracia incipiente, pudiera ser mentira. Tres décadas después, con bastantes miles de kilómetros a cuestas en diferentes países, y el panorama político del ruedo ibérico actual, me asalta la misma incertidumbre que pulula en la mente de muchos ciudadanos. El descontento en política no es nuevo; quizá haya sido un motor evolutivo en los avatares de la historia; un acicate para el cambio social, que se agudiza en momentos de crisis. Pensadores y políticos de oficio nos han dejado guindas embalsamadas que acreditan la mala reputación de la casta dirigente. Sir Winston Churchill decía que “un buen político es aquel que, tras haber sido comprado, sigue siendo comprable”. Para Noel Clarasó, “la política es el arte de obtener dinero de los ricos y votos de los pobres, con el fin de proteger a los unos de los otros”. El propio Nikita Kruschev afirmaba que “los políticos son todos iguales; prometen construir puentes incluso donde no hay ríos”. En la misma dirección apuntaba Gustave Le Bon: “Uno de los hábitos más peligrosos de los políticos mediocres es prometer lo que saben que no pueden cumplir”. El gran Montesquieu tenía claro que “la corrupción raras veces comienza por el pueblo”. Napoleón solía decir en sus círculos más próximos que “la política es un lupanar en el que las putas son bastante feas”. William M. Ramsay aconsejaba: “vota a quien menos te prometa; será quien menos te decepcione”. El sesudo Bertrand Russell llegó a decir que “los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible; los políticos, por hacer lo posible imposible”. Al extremista Friedrich Nietzsche no le sonrojó decir que “la política es un trabajo para cerebros mediocres”. Y el sarcástico George Bernard Shaw nos dejó la ironía de que “no es cierto que el poder corrompa, es que hay políticos que corrompen al poder”. Por lo tanto, el hastío y la decepción vienen de lejos. Esta podredumbre es añeja, como la sentencia cáustica de Jean-Lucien Arreat: “Si en la república de las plantas existiera el sufragio universal, las ortigas desterrarían a las rosas y a los lirios”.

A falta de un nuevo orden social, de un nuevo modelo de gestión de lo público, y de un sistema económico equilibrado, nos queda el recurso a la reflexión y la apelación a una regeneración moral de los líderes políticos, con la denuncia responsable de quien otorga el poder y autoriza al gobierno a través de los comicios electorales. De ahí la pertinencia de estos “consejos a un presidente”, aún a sabiendas de que quien realmente los necesita los despreciará y hará caso omiso, porque todo tonto bautizado por las urnas pierde repentinamente la capacidad de escuchar y ver, le asalta un síndrome de locuacidad verborreica y una esquizotimia deísta que le lleva a creerse lo que no es y a convencerse de que lo que dice tiene sentido, aunque sea una estupidez. Esta enfermedad del homo politicus de Aristóteles representa una grave transgresión del código moral que debe guiar a todo buen político.

Por lo tanto, Presidente (en proyecto o en decadencia, o político santificado por las urnas en el altar del poder), permítame dedicarle unas líneas con el ánimo de poner en su conocimiento lo que los mortales, sin cetro ni corona, esperamos de nuestros líderes, de aquellos en cuyas manos depositamos lo que es nuestro.

Opinión Ramón CacabelosLo primero que tiene que tener un político es conciencia de servicio. Está donde está para servir a quien le ha votado y a quien no le ha votado. Ud. es presidente de todos, no sólo de sus acólitos. Ud. nos representa a todos y de Ud. esperamos espíritu de servicio, ejemplaridad, honestidad, austeridad, liderazgo y eficacia. Enrique Tierno Galván dijo que “el triunfo político es la suma del sentido común y la capacidad de liderazgo”. La ejemplaridad emana de un profundo sentido moral. Immanuel Kant decía: “Todos somos iguales ante el deber moral”. Para Juvenal “el primer castigo del culpable es que no podrá jamás ser absuelto por el tribunal de su conciencia” (si la tiene). Según Blaise Pascal “la conciencia es el mejor libro de moral que tenemos” (revise su biblioteca, Presidente). Ud. ha elegido un camino que le aboca a luchar por una sociedad mejor. El objetivo es loable; el destino incierto. Está sometido al capricho de muchas vicisitudes, variables incontrolables y factores ajenos a su capacidad de maniobra, aunque el elemento principal es Ud. mismo y el digno ejercicio de su cargo. Asumida la idiosincrasia de la condición humana y la perversión de los maniqueísmos políticos, un cambio social exige una elevación de estándares, principalmente en el plano moral, en la educación, en el equilibrio de las relaciones humanas y en el saneamiento de las estructuras de poder para que tenga cabida un nuevo orden programático. “Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa”, decía Demócrates. Tenga cuidado con quien se alía, a quien vende su alma, con quien fabula, en quien deposita su confianza, con quien duerme, a quien designa para puestos clave, a quien contrata para asesorarle. Los gobernantes más ilustres han tenido círculos pequeños y horizontes externos amplios. Cúidese de los que dicen “amén” a todo y se pasan la vida alimentando su egolatría, para comprar sus favores; serán los primeros en apuñalarle por la espalda; serán los primeros en abandonarle cuando no puedan disfrutar de sus victorias. Nunca les crea del todo. A ellos no les interesa que Ud. encuentre nuevas compañías, escuche nuevas voces, le nutran de nuevas ideas o le enciendan luces de futuro. Muchas cosas y personas que a Ud. podrían beneficiarle serían un atentado contra los que han montado la tienda a la sombra de su figura. Agudice el sentido ante los ecos lejanos. Escuche a los distantes. La equidistancia política e ideológica es como un telescopio con gran angular que permite ver lo que no quieren mirar sus termitas. Vea sin mirar y escuche sin oír. Los equidistantes debieran ser como un fulcro en su balanza, como un referente de equidad. No desprecie a los neutros, a los que no piden nada, a los que no rinden pleitesía, a los que respetan el silencio, a los que tienen sentido de estado creando futuro con su trabajo, a los que no se esconden en las ideologías, a los que cultivan la simiente de la sabiduría (aunque no piensen como Ud., aunque le aconsejen que los ignore). Le serán más útiles que los dogmáticos babosos que viven del favor ajeno y de la concupiscencia. Rodéese de los mejores. Es imposible que una sola persona sea capaz de abarcar todos los frentes de la vida pública o entender con suficiencia los diversos problemas que afectan a la sociedad. Necesita tener a su lado el complemento perfecto, el símbolo de la fidelidad, las mejores cabezas, los más adustos, los más innovadores, los menos influenciables ante los cantos de sirena de la tentación, los más valientes, los que se visten por la mañana con el traje del deber y se ponen por la noche el pijama de la responsabilidad, los que dan testimonio con su vida y no con su lengua. En su corte (o cortijo) se infiltrarán oportunistas y aprovechados, supervivientes camaleónicos que han flirteado con sus predecesores en beneficio propio. Esté prevenido frente a los que sirven (o han servido) a varios señores. En las alcantarillas de palacio se esconden harpías que sólo aspiran a verle pasar, a que llegue el siguiente, instalados en el inmovilismo de lo vitalicio. Burócratas y tecnócratas son máquinas expendedoras de servicios en el aparato de la administración para quienes Ud. es sólo un inquilino temporal. Decía Manuel Fraga Iribarne que “en política todas las victorias son efímeras, y todas las derrotas son provisionales”; pero el subsuelo del poder está sembrado de minas colocadas por los permanentes, por los que tiran la piedra y esconden la mano, por los que ocultan su rostro tras las cortinas del cargo, sin exponerse, por los que compran voluntades, por los que engrasan la máquina de la locomotora tributaria, por los que están acostumbrados a mandar a la infantería ladera abajo mientras ellos se escudan en guarniciones de la colina; todos ellos buscarán en Ud. un caudillo utilizable o un caudillo mutilado. La frescura está en el exterior, Presidente; no en las estancias lúgubres de la corte, donde conspiran aquellos a los que nunca debiera dar crédito para no caer como una mosca en su telaraña. Mire hacia afuera. El éxito está en el horizonte de las ideas. “No pensar más que en sí mismo y en el presente es un error en política”, decía Jean de La Bruyère. Un gran hombre de estado, como Otto von Bismarck, fue quien delineó la frontera entre el político y el estadista: “El político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación”. Los inútiles a los que alimenta con su victoria electoral no pueden ayudarle a pensar como un hombre de estado porque ellos viven la preocupación del momento, centrados en su propia supervivencia, con la mirada fija en la próxima confrontación electoral. Para ellos el futuro es sólo presente. Cuando Ud. se vaya, ellos dejarán de existir y nadie les echará de menos; pero a Ud. le juzgará la historia, para bien o para mal. Abra la ventana y respire aire fresco no infectado por la ideología o el vicio de la conveniencia. Si desea que la historia le respete, salga de la ciénaga en la que se instala el poder. El líder está condenado a la soledad si quiere conservar su pureza; tiene que saber nadar en mar abierto, cabalgar por el campo verde ajeno a la contaminación orgánica, beber del manantial de la sabiduría, y descansar sobre el pecho de las ninfas impolutas.

Un hombre de honor es aquel al que reconocen por el cumplimiento de su palabra. Decía Aldous Huxley que “cuanto más siniestros son los designios de un político, más estentórea se hace la nobleza de su lenguaje”. Tome ejemplo de Abraham Lincoln, entre cuyos pensamientos había uno que rezaba: “Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios”. La gente llana, la gente de buen corazón, detesta oírle hablar mal de sus adversarios, hacer promesas incumplibles, profetizar éxitos de calamidad, abusar de la desgracia para obtener ventajas, primar el descompromiso, justificar la inconsecuencia, subirse al potro del verbo para esconder su debilidad; lo que la gente quiere es que hable el líder, el ser humano comprometido, el capaz de penetrar en el corazón de sus paisanos para explicarles sus ideas, su forma de hacer frente a la realidad económica, social, laboral, educativa, sanitaria, industrial, judicial e internacional de la gran aldea global en la que vivimos. Decía Dwight W. Morrow que “si un partido político se atribuye el mérito de la lluvia, no debe extrañarse de que sus adversarios lo hagan culpable de la sequía”. Alexander Pope afirmaba que “un partido es la locura de muchos en beneficio de unos pocos”. Pero Ud. ya es Presidente, mucho más que un líder sectario; ya no toca hostigar, remover el lodo de la charca preelectoral, enardecer a sus huestes. A Ud. le corresponde ahora apacentar a un rebaño que desea confiar en su pastor. Tiene que saber ahuyentar a los lobos y a las alimañas. Tiene que saber conducir, proteger, administrar, instruir, y ejemplarizar. Todavía quedan ingenuos que, en el silencio de la noche, en una conversación fraternal, en el secreto de una oración, o en el mensaje a un hijo, piensan que detrás de un político es posible la existencia de un hombre honrado, aunque al segundo convengan con Max Weber que “quien hace política pacta con los poderes diabólicos que acechan a todo poder”.

Al estilo de Rudyard Kipling, trate al éxito y al fracaso de igual forma, y recuerde aquello de: “Seis honrados servidores me enseñaron cuanto sé; sus nombres son cómo, cuándo, dónde, qué, quién y por qué”. Valore a las personas por lo que son más que por lo que tienen o por lo que le han dado. Un ciudadano no es un voto; es un ser humano que deposita su confianza en Ud., que paga su sueldo y el de sus colaboradores con sus impuestos, que a cambio le pide responsabilidad y eficacia. Un país no es un cardumen de peces asustados a los que se les bombardea con consignas para que caigan en la red de sus promesas. Un país es el mar; y Ud., como mucho, es un simple pescador que vive de lo que el mar quiera darle.
Adórnese de virtud para cosechar bondad, comprensión y respaldo a sus decisiones. Mantenga la confianza siempre un peldaño por encima de la suspicacia. No ponga su palabra en boca de quien no sabe hablar ni su pluma en manos de quien no sabe escribir. Predique con el ejemplo y cobre con la misma moneda con la que paga. No use su posición de privilegio para ofender, desterrar, arruinar, destruir o exterminar. No prohíba, Presidente; eduque, conciencie, sensibilice; pero no prohíba. Las políticas punitivas son propias de los que para gobernar necesitan del castigo y la fuerza con el fin de imponer sus ideas. Controle a sus perros para que no muerdan la mano de quien les da de comer. No judicialice la política ni politice la justicia; ambos vicios generan descrédito y conducen al ostracismo (ganado a pulso por jueces y políticos). No caiga en la tentación de llevar a los tribunales a sus enemigos o a aquellos que no comulgan con sus preceptos, para desacreditarlos y destruirlos; tarde o temprano le pasarán por el filo de la misma espada.

Un Presidente tiene que ser valiente, firme y convincente en sus decisiones, sin renunciar nunca a la flexibilidad de la inteligencia. Necesitamos dar contenido y credibilidad a esta democracia pusilánime y sindicada, en la que se educa sin autoridad, en la que se convive y cohabita con el terrorismo, en la que no se vota a las personas sino a la mascarada de los partidos, en la que las minorías condicionan decisiones de estado con fórmulas de chantaje, en la que la justicia practica una independencia controlada (y cómplice), en la que todos los ciudadanos no son iguales ni ante la ley ni ante las instituciones, en la que se busca el trabajo fácil y descomprometido, en la que se prefiere la beneficencia al premio por el esfuerzo, en la que cualquiera puede acusar sin pruebas, en la que se practican juicios mediáticos paralelos a diario para dañar la reputación del adversario, en la que se vive en bandos, en la que se desentierra a los muertos en función del color de su boina, en la que la confrontación ha suplantado a la cooperación, en la que 17 reinos de Taifas han despedazado la unidad nacional.

Regenerar la vida política equivale a pretender modificar la condición humana. Nos enfrentamos a una utopía. Hoy el mundo no es de izquierdas ni de derechas, sino de los que tienen de más y de los que tienen menos; un desequilibrio estable que pocos quieren cambiar. Sea utópico hasta donde la razón y la equidad se lo permitan. Muévase al filo de lo imposible para conseguir lo posible. Alíese con el conocimiento cuando tenga que diseñar la estrategia. Súbase al tren del progreso, en el que viajan los que creen que una sociedad avanza cuando el bienestar compromete a la mayoría. Sacúdase los complejos para cambiar la historia, si desea que algún día la historia le respete y reconozca.

El poder en exceso intoxica, Presidente. Lo importante de su historia personal no es como empieza sino como acaba. Lo normal es que emerja con laureles y acabe con cenizas, como ha ocurrido con todos los presidentes de la Hispania democrática, inmisericorde con todos sus líderes. No olvide que los mortales sufren amnesia para pagar el éxito ajeno y tienen una memoria prodigiosa para cobrar la venganza. El pobre está curtido en la paciencia, en el sufrimiento, en la espera. La dureza de la vida nos ha pulido las aristas y nos ha hecho tan simples que creemos que a todo cerdo le llega su San Martín. Cuide su siembra para no cosechar desprecio y olvido cuando empiece la caída. Y en ese momento, sepa retirarse a tiempo, con honor, con dignidad, con la elegancia de los espíritus grandes. No se aferre al mástil de un barco que se hunde. No se arrastre entre los escombros de un edificio derruido. Que no se le vea buscando residuos en los contenedores de basura.

Es obvio que la Sofocracia de Platón (el gobierno de los sabios) no está de moda; en realidad, nunca lo estuvo, salvo en tiempos de Pericles, el primer ciudadano de Atenas, como lo definía Tucídides; y aún el propio Pericles, quizá el más honorable gobernante de la meritoria democracia griega, tuvo que sufrir la ingratitud de su tiempo. El gobernante y el genio viven siempre bajo la espada de Damocles; no se puede satisfacer a todos; seguidores y detractores son bandos separados por una línea visceral; la gloria es efímera, como la flor de sakura en la filosofía samurái. La única recompensa del líder puro es la tranquilidad de su conciencia; el reconocimiento lo dará el tiempo, cuando el coro de los eunucos entonen odas a su féretro o cuando algún anónimo agradecido ponga flores sobre la lápida de su tumba.

Antes de que todo esto ocurra, llegará el otoño de la vida. Espero que con la caída de la hoja, libre de complejos megalómanos, en un arrebato de humildad, despojado de todo hábito regio, tenga ocasión de valorar el pensamiento noble que vuela en esta brisa distante. Pero ya será tarde…